Ir al contenido principal

Bárbaro Rivas y la Sagrada Familia

Sagrada Familia, hacia 1966. Colección privada

El tema de la Sagrada Familia forma parte fundamental de la iconografía cristiana. Su tratamiento se asocia a un hecho festivo, positivo, a cuya concreción se suman los elementos plásticos como el color, la luz, y la exaltación de los atributos físicos de los personajes sagrados. En este sentido, llama la atención cómo Bárbaro Rivas se dirige en un sentido totalmente contrario cuando se ocupa de estos temas.

Obviamente hay una consideración de la noche como indicador del momento en que se desarrolla la escena descrita, pero también esta oscuridad, en especial en las dos obras que se titulan La Sagrada Familia (hacia 1965 y hacia 1966), podría remitir al sentimiento “oscuro” que embargaba a Bárbaro Rivas al final de su vida, y que dio lugar a lo que la critica reconoció como la serie negra o el período cruel de su pintura.

La Sagrada Familia, hacia 1965. Colección privada

Bartolomé Esteban Murillo. Sagrada Familia del pajarito, hacia 1650
Colección Museo del Prado, Madrid

Este sentimiento oscuro puede deberse a las cualidades lumínicas de la fuente barroca de la que partió para realizar estas obras, en especial las dos Sagradas Familias ya mencionadas. En la de hacia 1965 se observa claramente la deuda iconográfica y compositiva con la Sagrada Familia del pajarito de Bartolomé Esteban Murillo. En este sentido, el planteamiento lumínico en la pieza de Rivas sintetiza al extremo las penumbras y fulgores que se observan en la pintura del sevillano. Con esta pintura se evidencian las referencias que asistieron a Bárbaro Rivas a la hora de realizar muchas de sus pinturas y que deben considerarse seriamente a la hora de sostener ideas como la ingenuidad en su obra.

Las notas de luz más claras no se hallan por lo general en los personajes sagrados, sino en los animales, en especial en el perro que se reitera en ambos ejemplos. En la versión más cercana a 1966, la sobriedad cromática llega al extremo, así como la identificación de los personajes que se torna casi imposible. Realizadas al término de su vida, el tema navideño, de gran alegría para el mundo cristiano, contrastaría con el sentimiento de desolación del artista.

El Nacimiento, hacia 1966. Colección privada

La representación de la Natividad de Jesús de Nazaret destaca en la liturgia de la tradición católica y ha gozado siempre de atractivo para las composiciones artísticas. En el caso de Bárbaro Rivas poseen un marcado carácter bíblico, ya que en general se ajustan a la recreación de los personajes y enseres que se mencionan en el Evangelio, en cuanto al establo o cueva donde nació Jesús, en combinación con animales que Bárbaro incorpora en su obra, y que constituyen una interpretación en estrecha relación con lo local.

En el caso de El Nacimiento (hacia 1966) el tema es representado con mayor amplitud, por lo que se alcanza a mostrar el pesebre, la choza, José y María, los ángeles, los animales y la estrella de Belén, de nuevo todo en un cielo nocturno. En este ejemplo, el esfuerzo de elaboración de las figuras se concentra en las carnes de los personajes y no en las vestiduras que dejan ver el fondo oscuro del ambiente. No sucede así en La Adoración de los Reyes Magos, donde es posible ver a María y a José, rodeando a un niño algo desproporcionado, si se compara su estatura con la de sus padres terrenales, y a los Reyes Magos, todo en medio de una clara intención de significar la cualidad estrellada del cielo.

Adoración de los Reyes Magos, hacia 1964. Colección privada

Lo más visto

El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.