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El dormitorio del coleccionista

Recientemente, un periódico español publicó una entrevista con Patricia Phelps de Cisneros en la que ella comentaba acerca de los esfuerzos divulgativos y de formación que con sus obras lleva a cabo en diversos lugares de América, y cómo ahora se plantea consolidar esa labor en Europa, donde en breve el Museo Reina Sofía inaugurará una exposición con buena parte del importante acervo latinoamericano recopilado por la coleccionista y mecenas venezolana.

Otto Friedr. Carl Landecke. Two Man and a Woman in a Bedroom, 1918
The Metropolitan Museum of Art, Nueva York

En un momento de la conversación, la señora Phelps de Cisneros menciona que las obras más valiosas no suelen estar en el salón de su vivienda sino en su dormitorio, una referencia que me llamó la atención dada la dimensión íntima y privada que rodea siempre a los aposentos de una persona.

Tratando de imaginar cuáles serían las obras de mayor significación que allí se podrían encontrar, recordé de pronto otros dormitorios en los que había tenido que internarme para fotografiar alguna pintura o para verificar un dato difícil de percibir en una reproducción de catálogo. Así reparé en ese otro nivel del coleccionismo privado que tiene que ver con la obra adquirida y el lugar de la casa que se escoge para exhibirla.

Algunas opciones se resuelven fácilmente, como los bodegones y naturalezas muertas que se destinan a la cocina o el comedor. Pero en el caso del dormitorio no parece existir ahora un esquema predeterminado como era costumbre en el pasado, donde en las estancias más suntuosas o en las más humildes no faltaba nunca una obra de índole religiosa, cuando no mitológica.

Dormitorio de Catalina de Medici. Castillo de Chenonceau, Francia

Esa relación entre la cama y la obra de un artista no es muy diferente cuando quien ocupa el lecho es también un pintor, como en la muy conocida pintura del dormitorio de Vincent van Gogh. En este caso, predomina un ambiente austero y ese espíritu gregario del arte que se manifiesta en la presencia de cuadros de otros pintores que decoran el famoso cuarto.

Vincent van Gogh. Dormitorio en Arles, 1889. Art Institute of Chicago

Una disposición más precaria se aprecia en el aposento de los últimos días de Francisco de Miranda, el precursor de la independencia de Venezuela cuyos gustos como coleccionista eran vastos y de muy diversa procedencia. Su "dormitorio" en La Carraca de Cádiz parece decirnos solemnemente que todo el rico legado de saberes y experiencias que una vez acumuló quedará guardado para siempre en su memoria.

Arturo Michelena. Miranda en La Carraca, 1896. Colección Galería de Arte Nacional, Caracas

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Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

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