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El bello trípode


El personal de una cadena de televisión ha dejado intencionadamente un trípode de una cámara de video en uno de los espacios de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (Arco), que recién se ha celebrado en Madrid. Lo que ha llamado la atención de este hecho es la reacción de parte del público visitante, quien se ha acercado curioso al "extraño" objeto de tres patas que yacía en suelo en medio de otras obras de arte. Algunos incluso han grabado con sus cámaras incorporadas al teléfono móvil mientras daban vueltas alrededor del singular artilugio. ¿Qué nos puede decir todo esto?

Una vez más hay que pensar en Marcel Duchamp y su acto de desestabilizar la cualidad artística de un objeto. Claro que Duchamp se proponía desacralizar el mundo del arte mediante la subversión de un objeto tan abyecto como un urinario. Y aun así no pudo evitar la posterior estetización que absurdamente pretende encontrar una estilización armónica en las curvas de aquel célebre mingitorio.

También es posible pensar en corrientes artísticas pertenecientes al futurismo o al constructivismo, las cuales se propusieron hallar la belleza en la máquina o en el objeto de diseño que pudiera simbolizar un avance del tiempo o una diseminación del arte en otros ámbitos como la ingeniería o la arquitectura.

Desde un punto de vista social hasta se puede destacar un potencial sensible en el ser humano que lo lleva a ver como atractivos ciertos objetos que no pertenecen al atavío tradicional de la obra de arte, siempre que un contexto adecuado, en este caso una feria de arte, propicie los mecanismos para generar una experiencia estética.

Claro que en todo esto siempre hay la posibilidad del fiasco y de pretender investir con una retórica fantasiosa objetos que simplemente son eso, objetos, o que en todo caso pueden no reunir la suficiente calidad que alguna autoridad en el tema pueda esgrimir. Pero esto no pasaría de ser también una opinión.

Visto así, lo rescatable en este asunto del trípode en Arco Madrid 2013 es que se confirma una vez más la necesidad de que artistas, arquitectos, diseñadores, urbanistas y gobiernos no se olviden de que las expectativas estéticas están allí, de que las personas pueden reaccionar sensiblemente ante objetos que sí bien no son obras de arte, abren siempre la posibilidad de mirar un poco más allá de la simple materialidad del mundo que nos rodea. Y esto será importante a la hora de hacer arte, de diseñar un edificio o una plaza, o de proyectar una ciudad.

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El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.