Ir al contenido principal

Alberto Asprino

 Alzheimer, 2003. Ateneo de Valencia, Venezuela

La vocación arquitectónica de Alberto Asprino (Maracaibo, 1952) lo ha llevado a inclinarse por el uso de materiales no convencionales dentro del arte, así como a asumir un manejo muy consciente del espacio. Esa doble cualidad adquiere relevancia a la luz de la estrecha vinculación que ha mantenido con el Litoral Central, de la que sobresalen significativas referencias a lo ecológico.

Sin embargo, antes que en la visión panorámica, el autor se concentra en la huella que el hombre deja a su paso por el paisaje. Asprino la encuentra y la revalora en los trozos de madera que han caracterizado su trabajo, maderas que fueron curadas por el mar, y que en ese proceso lograron un sabor “a tiempo”. Se trata —como lo ha descrito el artista— del ritual de recolección de los objetos que guardan una memoria. Su célebre disposición a modo de libros sobre anaqueles se relaciona con la idea de la memoria almacenada, contenida en “volúmenes”.

Como una consecuencia de lo descrito, Alzheimer es una propuesta que no resulta puramente estética sino que tiene que ver con aquello que acontece en el entorno vivencial de su autor, prolongando la investigación sobre el recuerdo y su reminiscencia. Asprino prosigue así con la recolección y el reciclaje de objetos, para lo cual atiende a su registro y su desgaste, a su negación o pérdida.

Lo más visto

El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.