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Adolfo Morales

Adolfo Morales despliega en su obra una impronta contemporánea que paradójicamente proviene de una seleccion de materiales, técnicas y formas que aluden al pasado. La seguridad con que aparentemente se fijó sus objetivos artísticos le da una coherencia a su propuesta que luce lejos de extraviarse en la cantidad enorme de información que puede atosigar hoy en día a un artista.


Sin título, de la serie Crisálidas, 2005. Mercantil, Caracas

Ese pasado que orienta su obra está referido al tiempo originario de la arcilla, a los métodos primitivos de que se vale para endurecer el barro y a las formas que rememoran los juguetes y otras vicisitudes de su infancia.

Nacido en Maracaibo en 1965, Morales siguió cursos libres de dibujo y pintura, y luego clases regulares de cerámica con Cecilia Rincón y Alicia Benamú, entre 1980-1984. En este período fundó con Javier  Rondón el taller de cerámica Piedra de Ojo.

De su infancia provienen las formas que un día acompañaron sus juegos, entre ellas el trompo o la peonza, las cuales tradujo a la arcilla, haciendo una especie de analogía entre la creación de la forma original del juguete en madera y la que salía de sus manos luego del paciente bruñido del barro.

Peonza, 2002. Mercantil, Caracas

Esta investigación se remonta a sus inicios como ceramista, cuando se interesó por el trabajo de los loceros, su técnica para bruñir sus obras y las quemas con el fuego al aire libre, como lo hacían los alfareros primitivos antes de la invención del horno.

Fruto de la actitud de respeto hacia estos artesanos, Morales quiso homenajear este antiguo procedimiento, el cual describe así: "La técnica es simple, una vez que las piezas están elaboradas se dejan secar. Luego se humedecen por parte y luego con una cuchara, bombillo, piedra de ágata o piedra de río lisa se frota con mucho cuidado hasta que la superficie quede completamente lisa o los poros estén sellados, luego se le da una quema de bizcocho de cono 018 o 017 (entre 700 y 720 grados centígrados) y después las ahumo o les doy una quema primitiva".

Como en este hacer incluyó la memoria de su infancia, el resultado estimula múltiples asociaciones. Una de ellas tiene que ver con el difuminado de la frontera entre el artesano y el artista, un quiebre de fronteras que se halla en consonancia con la complejidad del arte contemporáneo. Una consecuencia de esta actitud sería el replanteamiento de la idea de serie. El arte popular se despliega a través de series casi interminables, donde las formas que han logrado eficacia se repiten casi hasta el infinito. Allí se perciben apenas algunas diferencias, pequeñas variaciones que a lo largo de la serie incidirán en otras mejoras de diseño del producto final. Este aspecto serial de la obra le sirve de base al artista para desplegar propuestas espaciales que lo internan en el campo de la instalación.

Es en el contexto de la instalación donde los atributos plásticos de la piezas adquieren significaciones de gran sensibilidad. El brillo y la naturaleza táctil de esos volúmenes, y aun el eco lejano de las chamizas ardiendo en la quema, excitan la relación con el espectador que acepta internarse en los intersticios de su disposición en sala, tentado a acariciar la calidad de la arcilla fraguada por la paciente labor de su autor.

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