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María Cristina Carbonell

La esencia, 2006. Ateneo de Valencia, Venezuela

María Cristina Carbonell (San Juan, Puerto Rico, 1964) solía ensamblar piezas de distintos materiales y de referencias cronológicas yuxtapuestas para revisar la estética de otras épocas. El resultado fueron obras que remitían, no sin una dosis de humor, a productos culturales cuestionados por su supuesta mediocridad, pero que al mismo tiempo se hallaban rodeados por un alarde de belleza.

De este período destaca su interés en las repercusiones simbólicas del mármol como soporte para inscripciones fúnebres, aunque, en este caso, en un contexto ironizado. Posteriormente, exploró otros medios como la pintura, la escultura, la instalación y el video, con los que ha abordado el paisaje, lo cotidiano y el mundo interior.

En La esencia, la artista desarrolló una narrativa sobre el tema femenino a través de la desubicación de personajes que muestran una indiferencia hacia las circunstancias adversas de la vida. La selección de una geisha y un ninja obedece al interés de trabajar con caracteres que suscitan múltiples reacciones, muchas de ellas agresivas por la incomprensión que surge de la interacción con el público. La artista encuentra en esa indeferencia un elemento cruel y a veces cargado de ternura que le plantea amplias posibilidades para desarrollar su trabajo.

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El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.