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La mirada tropical de Camille Pissarro

Le port de La Guaira, hacia 1853. Mercantil, Caracas

Camille Pissarro tenía la mirada sembrada en el trópico. Una mirada de palmeras que vibran con el sol y con la brisa. Unos ojos llenos del oleaje y del trajín del puerto que se fijan atentos en aquellos que vienen y van, en los bultos que suben y bajan de los barcos.

Los negocios de su familia y algo del destino errante de su estirpe propiciaron su nacimiento en Santo Tomás, en 1830, entonces posesión danesa. A los doce años marchará a París para educarse y cursar estudios de comercio. Un lustro más tarde estará de vuelta en el Caribe requerido por la empresa familiar. En ese tiempo su vocación artística habia comenzado a anunciarse en las clases de Auguste Savary.

En Santo Tomás, Pissarro conocerá a Fritz Melbye, un artista danés que ya había pasado una temporada en Venezuela y quien prácticamente se convertirá en su mentor en aquellos años. Melbye también hace de suerte de válvula de escape del joven pintor que se ve atrapado entre un indeseado futuro como comerciante y la negativa de sus padres en apoyar su carrera como artista. El influjo tutelar del maestro aviva en Pissarro el arrojo para decidirse y dar el paso definitivo en favor de su verdadera vocación. Persiguiendo su sueño de artista, aquel joven de 22 años embarca junto con Melbye hacia el puerto de La Guaira, adonde llegan el 12 de noviembre de 1852.

En aquellos años, las artes en Venezuela carecían de cualquier estímulo gubernamental y en general parece la pintura convertida en un auxiliar de las ciencias naturales. No obstante, con Melbye, Pissarro aprendió a ver y dibujar la naturaleza, a captar las sensaciones que ella es capaz de proveer. En sus numerosos dibujos se desprende una proyección en la que el paisaje y la flora se ofrecen como motivos para reforzar su vocación de pintor. A ratos parece que Pissarro se va por el documento naturalista, al modo de los artistas extranjeros que pasaron por América persiguiendo un interés científico. Con instinto e inteligencia, prevalece una noción plástica en Pissarro que desvía esa posibilidad.

En Caracas hizo apuntes de las ruinas que los terremotos y las guerras iban dejando por la ciudad. Para poner a prueba una vez más el espíritu de pintor de Pissarro, aquella modesta villa prefería más los entretenimientos musicales y la tertulia literaria que los placeres de las artes plásticas. De hecho, el artista llegó a participar en dos eventos musicales entre finales de 1853 y principios de 1854. Pero lo que más me llama la atención es el detalle sensible con que se fija en los tipos y escenas populares, lo cual avizora la tendencia social en su obra. El ejercicio gráfico a través de creyones, aguadas, tintas chinas y óleos, agiliza su mano en una caligrafía breve pero luminosa. Su línea se preserva ágil cuando se concentra en ciertos motivos que le afectan y allí es posible detectar las primeras evidencias de su interés por los valores atmosféricos.

Paysage tropical avec masures et palmier, 1856
Galería de Arte Nacional, Caracas

El 12 de agosto de 1854 regreso a Charlotte Amalie, ya con la promesa de sus padres de aceptar y apoyar su vocación artística. Al año siguiente se instala en París y pinta Paisaje tropical con casas y palmeras (1856) en la que destacan los motivos exóticos, fruto de su experiencia en el trópico, cumpliendo así el pedido de Savary: "pinta lo real y sobre todo pinta las matas de coco".

Camille Pissarro realizo en Venezuela cerca de 400 dibujos. En 1959, la Fundación Creole compró cincuenta apuntes que fueron donados al Museo de Bellas Artes de Caracas. Otro conjunto fue adquirido por el Banco Central de Venezuela en 1965, y la Galería de Arte Nacional de Caracas se hizo de otro lote en 1981, además de un óleo en 1993.


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