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Omar Carreño. El Nereida

Atendiendo el llamado de una “urgencia espiritual”, a principios de los años sesenta Omar Carreño orienta su pintura hacia el arte informal que recién irrumpía en Venezuela. En su caso, el énfasis en la textura y la imprecisión de la forma cobran una cualidad sensible que sabe distanciarse de la sobriedad propia de las referencias minerales de buena parte del informalismo en nuestro país.

Omar Carreño. Composición —El Nereida—, hacia 1965
Galería de Arte Nacional, Caracas

Así, Carreño nos deleita con tonalidades azules, verdes y violetas que apuntan de soslayo a un comentario autobiográfico: lo que se registra en la superficie pictórica de estas obras serían íntimas evocaciones del mundo submarino que Carreño exploraba de niño, cuando buscaba la quilla de míticos barcos bajo las aguas de su Margarita natal.

Son determinantes los aspectos de texturas que remiten a la arena del mar y a las cualidades cromáticas de las zonas costeras impactadas por la luz solar. A diferencia de los impetuosos informalismos de Europa y América, Carreño trata de establecer un control sobre la exaltación psíquica, ya que "no cree que el arte pueda limitarse al simple fluir del desbordamiento emocional, por muy sincero que este sea”.

En esa templanza de la emoción reside la búsqueda de lo que él llama acertadamente la responsabilidad del artista. Esta etapa informal se puede dividir en dos momentos: el que corresponde a París entre 1960 y 1963, y el de Cumaná, entre 1964 y 1965, ciudad esta donde Omar Carreño trabajó por unos meses en la Extensión Cultural de la Universidad de Oriente.

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El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.