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Hilma af Klint

Grupo IV, n˚ 3. Los diez mayores, Juventud, 1907
Moderna Museet, Suecia

En el norte y el centro de Europa se desarrolló desde finales del siglo XIX un especial interés por el misticismo, el espiritismo y la teosofía. Esto pudiera entenderse como una inquietud por buscar explicaciones a la realidad circundante y al mundo subjetivo del individuo más allá de las evidencias tangibles, e interpretarse como una respuesta ante la aceleración de los cambios sociales y políticos que entonces comenzaban a desdibujar el contorno habitual de aquellas sociedades.

El arte no fue ajeno a esta experiencia, y se sabe del caso de grandes artistas, pioneros de la abstracción, que fundaron en la religión y en la sensibilidad mística gran parte del sustento de su obra. En ese grupo destacan Piet Mondrian, Kasimir Malevich y Vasily Kandinsky.

Pero existe el caso de una artista que emprendió antes la senda del arte abstracto y que por motivos sociales y culturales sintió la necesidad de relegar la difusión de su obra dentro de esta corriente, resultando para muchos desconocido lo singular de su aporte.

Se trata de la creadora sueca Hilma af Klint (1862-1944), quien también encontró en el misticismo una guía para intentar comprender el mundo a través de su trabajo. Suele suceder en la historia del arte, pero en Af Klint es más patente la presencia de distintas variables culturales que se dan cita en la conformación de la obra y que muchas veces escapan al control por parte del artista, haciendo de este una especie de medio o interlocutor entre el trabajo creador y el público que lo recibe.

La formación de Hilma af Klint estuvo marcada por el academicismo, del que pronto se despoja para asumir un simbolismo naturalista que dará pie a propuestas cada vez más alejadas de la figuración. Esto comienza a producirse hacia 1906, bastante antes, como se ve, de las referencias conocidas de Kandinsky, Mondrian o Malevich.

Con la presencia marcada del espiritismo y la teosofía, la obra de Af Klint no tiene reparos en despojarse del afán por la corrección de la forma, y en hacer ver a través de ese gesto su papel como médium, como el enlace que posibilita a través del lienzo la expresión de una emoción.

Esta última cualidad en su proceder como artista cobrará cada vez más importancia y repercutirá en una suerte de pasividad llevada a su máxima expresión. Aquí se produce un fenómeno significativo en su obra, en el cual la interpretación o la búsqueda de un sentido no se basa en el proceder o en la ejecución por parte del autor, sino en el testimonio de una voluntad exógena, independiente de la mano creadora.

Esta combinación de misticismo y abstraccion plantea la cuestión acerca del papel de la mujer en la conformación de la abstracción en el arte. En efecto, aquellas sociedades esotéricas contaban con un predominio masculino, y aunque algunas mujeres llegaron a ocupar un papel de liderazgo, todavía se veían supeditadas a las imposiciones sociales que las confinaban a la vida doméstica.

Mucho de eso se encuentra en la vida de Hilma af Klint, quien fue una pintora de cierto éxito gracias a una obra eminentemente convencional en su naturalismo, pero que desarrolló con convicción un trabajo paralelo dentro de la abstracción que mantuvo casi oculto mientras vivió. Fue una pintura hecha con seguridad, a juzgar por la cantidad y los grandes paneles de muchas de sus telas, pero también lo asumió como incomprensible para su generación. Por eso su deseo de mantener su obra lejos de la luz pública durante las dos décadas que siguieron a su muerte.

Y tenía razón. Cuando en 1970 fueron a ofrecer en donación sus enigmáticas pinturas al Moderna Museet de Estocolmo, este las rechazó. Ha sido a partir de mediados de los años ochenta, cuando su obra comenzó a lograr el reconocimiento que se merece como precursora del arte abstracto.

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