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Exposiciones sin curaduría

Luis Chacón
Jurado de exposiciones —de la serie Caprichos—, hacia 1952
Galería de Arte Nacional, Caracas

Mucha gente trata de encontrarle una explicación al arte: "¿qué quiso decir el autor?"; "esto significa tal o cual cosa". El museo, como institución, también asume una función inductora del arte a través de propuestas curatoriales que intentan ser esclarecedoras, textos didácticos desplegados en sus muros, visitas guiadas y demás recursos que buscan reducir la incertidumbre que puede existir entre la obra de arte y el espectador que la contempla o interactúa con ella.

La búsqueda a toda costa de una explicación que ilumine el sentido de la obra parece a veces sustituir la experiencia: el simple placer o la estimulante inquietud que el arte puede sembrar en alguien mínimamente sensibilizado.

¿Sería posible reunir obras en una exposición donde se saltara esa finalidad explicativa del arte? ¿Una exposición sin curaduría donde se eludiera la supuesta necesidad de una unidad narrativa predeterminada por el museo, donde la hilvanación de las obras se produjera en todo caso de manera personal, y donde ciertas causalidades se pudieran ir alimentando a medida que avance el recorrido por la muestra?

De seguro que esta idea no pasa de ser más que una ficción, porque ¿acaso una curaduría que se proponga minimizarse no seguiría obedeciendo a una estrategia curatorial? Incluso, una exposición sin curaduría, simplemente como producto casual de unos artistas que deciden reunirse para exponer, ¿no estaría marcada por el sesgo filial de la amistad u otros intereses, y por la posible influencia positiva o negativa que se ejerzan entre sí?

La curaduría ha asumido un papel cada vez más dominante en las exposiciones, lo cual no es algo del todo criticable ya que su principal propósito, como es ofrecer pautas para la interpretación del pasado y la comprensión del presente a través de las artes, ha sido por lo general satisfactorio y ha contribuido al avance del conocimiento. El problema está en que el dominio de la curaduría se ejerce a través de un discurso que elabora el encargado de juntar las obras y disponerlas en sala. Y muchas veces, tentado por la brillantez de una idea, el discurso deviene en franca competencia con el sentido propio del trabajo artístico, el cual no puede estar desligado de la historia de la obra y su contexto, la biografía del artista y el apoyo documental pertinente del que se disponga.

De tal modo, lo que se podría entender como una exposición sin curaduría es una muestra sin un discurso de dominio exógeno, una exposición cuyo concepto curatorial se plantee sobre la ausencia de un discurso "autorizado" proveniente del exterior de las obras. Ciertamente, la narratividad siempre va a surgir, y tal vez de lo que se trate aquí es de lograr una "historia" que se produzca de una manera espontánea, que sea consecuencia del bagaje de sentido propio de las obras, el cual no puede desconocerse como atado a los atributos que se desprenden de la autoría, la técnica y el estilo, y del cruce de sentidos que se llegue a producir entre estos discursos "naturales" de las obras.

Un cuestionamiento de este tipo obliga a pensar el papel que como espectadores ocupamos en el arte. Un papel que tendría que liberarse de tantas imposturas intelectuales y comerciales. El propósito sería acudir a una dimensión originaria de la inocencia, el disfrute y la inquietud, a través de una experiencia marcada por la sensibilidad y la reflexión. No se trata de liberarse de la narración de una historia, sino de que esta historia sea más amplia, incluyente en sus puntos de vista, flexible y amigable.

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