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Jorge Barreto

Jorge Barreto. Concha, 2005
Foto: Manuel Ricardo Pérez

En el poblado de Cabudare, a unos cuantos kilómetros al sureste de Barquisimeto, se encuentra el taller Tierra Quemada, centro de producción fundado por Jorge Barreto en 1973 luego de realizar estudios de cerámica en Estados Unidos. Al principio el trabajo en el torno absorbía la mayor parte del tiempo del taller, lo cual aunado al gusto por otras manifestaciones que llaman su atención como los murales, las placas y bandejas, le hizo ver la necesidad de incorporar a otros personas y conformar un equipo de producción.

Jorge Barreto ha concentrado su labor en la simplificación,—como él la llama— de una buena parte del proceso de producción de la obra. Esto lo ha conducido a alterar ciertos aspectos inherentes a la cerámica entendida como una pieza realizada en su totalidad por un solo individuo. De tal modo se dio a la tarea de agregar elementos mecánicos al taller que han contribuido a la subsistencia económica a través de la disciplina.

La necesidad de reducir los costos de producción para mantener el taller lo condujo a la incorporación de las “tarrajas”, suerte de moldes operados mecánicamente que abrevian enormemente el tiempo del modelado de la pieza. Sin embargo, la naturaleza de Jorge Barreto lo lleva aún a someter a las piezas a un retorneado manual que les define la forma final y que las singulariza en ese contacto humano.

La mecanización de una parte del proceso le ha permitido el despliegue sensible de la ornamentación, la cual está basada en motivos prehispánicos con una tendencia a la síntesis formal que deriva en un planteamiento abstracto de tipo geométrico y orgánico. Esto es visible en los vasos o “taruros” —como se denominan en la zona— y en un tipo de vasija que Barreto llama “conchas”, cuya circularidad  se ve interrumpida por grandes cortes en ángulo recto que invitan a la contemplación de la decoración interior. Desde el punto de vista formal sus piezas realzan el catálogo que ha impuesto la vajilla tradicional, pero la valoración que las hace objetos de bella artesanía proviene del poder sugestivo que emana del esquema decorativo y la gracia en el diseño que tiene su trabajo.

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