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Buenas prácticas en los museos

Manuel Quintana Castillo. Diálogo en el museo, 2004

Me resulta difícil imaginar que en el quirófano de un hospital se coloquen carteles que sugieran al cirujano "recuerda lavarte bien las manos antes de comenzar la intervención", o que ya en la labor apareciera una señal que dijera: "¿Te cercioraste de que tu paciente está correctamente anestesiado?". También podemos llevar el ejemplo al mundo de los ingenieros, e imaginar un cartel que rezara: "Recuerda calcular bien el peso de los materiales antes de empezar la construcción del puente".

Esto no ocurre porque se trata de un campo especializado, que implica un conjunto de conocimientos adquiridos mediante una combinación de experiencia y análisis de procedimientos que por lo general se logran a través de una formación universitaria. Esa combinación también se halla en profesiones como la de museólogo, museógrafo o técnico de museos, en las que una obra de arte o bien cultural puede ser proporcionalmente tan importante como una vida o un elemento de infraestructura. Por eso me llama la atención una campaña en tuíter que se propone concienciar acerca de las buenas prácticas que deben seguir los trabajadores de los museos en Venezuela a la hora de manipular obras, o de entrar y salir de la bóveda donde estas están custodiadas.

Se deja ver en esta campaña la buena intención que guía a quienes la promueven, pero no puedo evitar hacer una lectura de preocupación a raíz de recientes noticias que se dan acerca del mal estado de algunos edificios y de obras con daños severos. Yo mismo tuve la oportunidad de visitar hace unos meses el depósito de un importante museo caraqueño y me llamó la atención el débil protocolo de seguridad con respecto a la integridad de las piezas seguido por el funcionario que amablemente me atendió.

Una de las interpretaciones que puedo hacer es que esa campaña obedece al hecho de que el personal no cuenta con los conocimientos y la profesionalización idóneos para la labor a la que están asignados. Otra es que tales prácticas son desconocidas o no están suficientemente afianzadas y necesitan de esos recordatorios, como cuando en el metro repiten por altoparlantes cómo deben comportarse los usuarios, precisamente porque es una conducta que se desea afianzar.

Los Estados se han ocupado en profesionalizar cada vez más las labores relacionadas con la preservación de los bienes culturales, en gran medida por el alto valor patrimonial tangible e intangible atesorado por los museos, y especialmente porque ese valor —se sabe— trasciende las vicisitudes políticas de un presente siempre circunstancial. Las autoridades a cargo deben entender el valor que como parte de una comunidad tienen esos objetos y no hacerlo tendría que implicar algún tipo de responsabilidad administrativa. Por eso celebro el espíritu de esa campaña.

El ánimo de estas notas no es generar una crítica estéril que solape la urgencia del problema y la buena voluntad de la citada campaña, sino en todo caso estimular una reflexión que pueda conducir a un ejercicio de transparencia donde los museos en Venezuela den a conocer a la opinión pública el estándar de sus procedimientos de custodia y preservación de los bienes artísticos y culturales que, a fin de cuentas, son de toda la nación.

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