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El arte y lo público

Se discute en estos días acerca de la propiedad intelectual, los derechos de autor, el derecho a copiar, el libre acceso al conocimiento y más. Y se discute mucho gracias a que internet está propiciando nuevos modelos para la distribución de la información. Simultáneamente, se nos pide que atendamos a esa compleja diseminación conciliando, por una parte, los aspectos legales (no siempre en sintonía con el presente) y, por la otra, el tipo de sociedad que esos mismos medios cibernéticos están ayudando a crear.

Héctor Fuenmayor
Miren la cara, de la serie Miranda en La Carraca, 1977
Galería de Arte Nacional, Caracas

En el campo del arte el tema resulta por demás crucial. Allí confluyen varios aspectos de menor y mayor importancia que van desde el ego del artista, su derecho a recibir una compensación por su trabajo, los intereses del mercado del arte, el papel de los museos como constructores de sentido y el deber de los estados en proteger moralmente la integridad de la creación intelectual. A esto se suma algo que me parece de gran significación: el componente transgresor que ha caracterizado siempre al verdadero arte.

Esa cualidad transgresora del arte ha sido el germen de varios factores que permiten valorar una obra en términos de lo innovadora, lo original o lo creativa que pueda ser. En la base de esos factores existe siempre una interpelación de la realidad que lleva al cuestionamiento del modo en que miramos las cosas, de la manera en como nos relacionamos con lo que nos rodea. Y allí radica el principal problema que plantea el paradigma legal cuando se interesa por la parte más sensible del arte: el surgimiento de la idea que conduce a la realización artística. Resulta imposible, y hasta mueve a risa, que el artista se detenga a pensar en las implicaciones jurídicas a que le puede conducir su labor como productor de sentido. De haber sido así, prácticamente no se habría llevado a cabo la revolución que ha significado el arte hecho desde la Segunda Guerra Mundial hasta el presente.

Dentro de sus límites tradicionales, la situación no había revestido mayores problemas hasta hace poco. Lo que sucede ahora es que las fronteras entre el arte y la sociedad donde este se produce tienden a difuminarse. Se sabe de expresiones que cuentan con la participación decidida y sensible de colectivos que no poseen una formación tradicional como artistas pero que contribuyen en gran medida al cuestionamiento del orden de las cosas a partir de formatos estéticos o susceptibles de serlo. Y contribuyen porque los espacios para la participación se han ampliado de una manera inconcebible hace unos años, gracias a los bloggers, las redes sociales y los dispositivos portátiles cada vez más avanzados o más accesibles.

En este sentido, pienso que el reto para un artista será comprender los mecanismos legales que atienden a la creación y difusión de la obra, no necesariamente para adaptarse sino para vislumbrar mejor la perspectiva y alcance del carácter transgresor de una idea. Pero más importante será labor de los juristas, las compañías editoras y las sociedades de gestión en entender la manera como se desenvolverá la sociedad del futuro inmediato y lograr modelos que combinen el rigor y la sana flexibilidad, la situación y el contexto a la hora de diferenciar lo público que se protege y lo público que se multiplica, viral.

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