Ir al contenido principal

Kiara Matos: geometría y color

Tetera con taza, 2005. Foto: Manuel Ricardo Pérez

Kiara Matos (San Cristóbal, 1975) entró en contacto con la cerámica gracias a un pequeño taller que su familia poseía en su casa natal del Táchira. Este antecedente constituyó el inicio a un acercamiento más formal a través de los cursos y pasantías que posteriormente realizó en Venezuela y Estados Unidos. Las características principales de su trabajo giran alrededor de la geometría y la elocuencia del color. Así se aprecia en los cortes que aparecen en algunos de sus platos y bandejas, los cuales somete a una paleta de colores muy directa que resulta poco común en el colectivo de los ceramistas venezolanos contemporáneos.

Los atrevidos quiebres en los planos estimulan la contemplación y uso de la pieza. Esos ritmos constructivos se ven afianzados por un esquema decorativo basado en una geometría mucho más orgánica, que llega incluso a proponer la valoración del objeto en otros espacios que superen la cotidianidad del comedor o la cocina.

Kiara Matos fue varias veces invitada a participar en los encuentros del grupo Turgua, dada la clara vocación utilitaria de su trabajo que comulga plenamente con los propósitos de aquel colectivo de artistas. A ello se añade la relación tan estrecha con el usuario de la obra que allí se fomentó y que a ella le resulta de gran importancia.

Su estilo se ha moldeado a partir de una capacidad intuitiva para el diseño que hasta el momento se resuelve en el planteamiento de círculos y cuadrados con gran definición cromática. Esta cualidad se debe no sólo a su gusto por la pintura sobre la cerámica, a pesar del tiempo que le consume la aplicación de cada color, sino también a las quemas que se hacen en hornos eléctricos que otorgan tales atributos a sus piezas. Su obra se ubica en una vertiente que no desaprovecha la oportunidad para desafiar la forma y la decoración más estable, que la lleva a incursionar en propuestas tal vez más arriesgadas pero que aun así mantienen una armonía muy propia que sustenta el atractivo de su trabajo.

Lo más visto

El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.