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Imagen y texto: Irving Penn, Ingmar Berman y Tecla Tofano

Irving Penn. Ingmar Berman, 1964

Si con un ojo veo diferente
que con el otro ojo,
tengo un ojo que no es
igual al otro. Un ojo
ve las cosas como pienso
que son y el otro ve como
quisiera que las cosas
fueran. Si son las cosas
como pienso, mi ojo
derecho ve bien; si las
cosas son como quisiera
fueran, el ojo izquierdo
es el que ve. Si cierro
un ojo, por cierto el
izquierdo, veo realmente;
si cierro el otro, 
el derecho esta vez, no son
las cosas como las veo.
Cierro los dos y nada veo.
Con los dos ojos
abiertos, las cosas son
como son, como quisiera
fueran y veo doble.
Si veo doble es que no veo.
Cierro los ojos entonces
y veo las cosas
como recuerdos.

Tecla Tofano. Caracas, 1963

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El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.