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Ramón Vásquez Brito: lejanía de silencio


Lugar de vivencia permanente, 2006
Casa de la Cultura Vásquez Brito, Isla Margarita, Venezuela


La vida y la obra de Ramón Vásquez Brito guardan un vínculo con lo poético, pero no el que remite a la lírica de la palabra, sino al poder de la pintura para crear una imagen que es el universo ambiguo que acoge por igual una playa marinera, la energía cromática del horizonte o la fuerza mineral que inspira su textura.

Para ser poética, su pintura tuvo que fundarse sobre la tradición de los elementos plásticos: la línea, el color, la forma. Vásquez Brito los trabajó hasta hacerles perder su presencia dentro del cuadro y convertirlos en la expresión de una imagen que devino en coincidencia sensible del autor, el motivo y el espectador en el tiempo prolongado de la contemplación de la obra.

El vocabulario pictórico y poético de Vásquez Brito se forjó al calor de su sensibilidad como artista, lo cual lo condujo a investigar acepciones más comprometidas con el rigor geométrico de la forma. Esta experiencia fue el fruto de apegos juveniles a las tendencias en boga durante el fervor moderno de una abstracción fría en los años cincuenta, pero que contribuyó a deshacerse de las rémoras de su época de estudiante.


Sin titulo, 1959. Mercantil, Caracas


De ese paso por lo geométrico algunos elementos persistieron cuando la tela y los pinceles ocuparon de nuevo la atención del artista: la proyección horizontal de lo mirado, el color como desencadenante del ritmo y la energía, el blanco como inductor lumínico y espacial. Pero tal vez lo más importante que dejó ese capítulo fue la pérdida de la estabilidad de la forma, ya sea por el carácter expresivo de la materia en el tránsito informalista de los sesenta, o por el blanco brumoso capaz de absorber los ingenios colosales de las sociedades humanas —una represa, un puente colgante—, lo cual hizo en obra posterior.


Blanco en reserva, 1974
Museo de Arte Francisco Narváez, Isla Margarita, Venezuela


Aun en la visión reposada del horizonte marino que identificó su pintura final, la forma continuó rindiéndose ante el dominio de luz que redujo los objetos a una incidente mancha sobre el plano. La forma fue protagonista en el trazo del pincel que quiso asir la inexistencia tangible de la luz, el agua y su reflejo. Tales fueron los enseres inmateriales que sirvieron a Reverón para inaugurar el universo encantador de sus pinturas, y son los que Vásquez Brito reinterpretó con maestría a partir del color como agente modulador del espacio.

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