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La leyenda de Cal. 1962-1967


Por su contenido, la revista Cal es tal vez el medio dedicado a las artes más importante de los años sesenta en Venezuela. Y por su propuesta de diseño, sin duda marcó un hito en América Latina. Sin embargo, su principal aporte no fue consecuencia de una integración "equilibrada" entre diseño y contenido. No se trata de un diseño pensado para estar al servicio del contenido y el lector. Se trata, más bien, de un diseño que busca penetrar en el contenido e interpretarlo gráficamente, al punto de terminar desafiando la convencionalidad de la lectura.

La convencionalidad de la lectura era el centro de interés de muchos creadores en aquellos años sesenta, influidos por ensayos como Obra abierta (1962) de Umberto Eco, que destacan la participación activa del lector en la construcción del sentido, donde ya no solo opera el dominio del contenido, sino de otras estructuras que a su vez pueden aportar múltiples significados. Esas otras estructuras, en el caso de Cal, podrían ser la que provienen de la manipulación de la imagen (ilustración, tipo, composición) hasta que esta pierde su valor referencial inmediato y se convierte en un símbolo de mayor potencia comunicacional. También son los años de Rayuela (1963), la contranovela  de Julio Cortázar que hace frente a la "linealidad" de la lectura y apela al lector como parte activa de la obra.  Así como en Rayuela, en Cal el contenido sería el escenario donde cobran vida los elementos del diseño que terminan por promover la complicidad del lector.

Cuando forma y contenido destabilizan el rol habitual del emisor y receptor, entramos en el terreno del arte. En este caso, la tipografía, las ilustraciones y la diagramacion ya no valen solo por si mismas y se convierten en protagonistas. Este es el terreno de las libertades, del ejercicio creador, y como destaca varias veces el texto curatorial de Lourdes Blanco: es el espacio de la invención. Se trata de uno de los mejores ejemplos de "arte aplicado" que tenemos en el país. Aquí la dimensión artística se hace presente en el proceso de fabricación de la revista, con lo cual, el resultado es una nueva "forma" de comunicación, no otra revista ilustrada más. Esa nueva forma  se adapta sin problemas a la definición que hace su director Guillermo Meneses en el primer número de la revista: un "elemento limpio, capaz de convertirse en imagen perfecta, sin adorno, fiel a sí misma en su cabal hermosura".

Que todo esto haya ocurrido durante cinco años y a través de una revista que se vendía en los quioscos, no deja de ser algo de gran significación y digno de tomar en cuenta en la actualidad cultural venezolana. La exposición "La leyenda de Cal", que se presenta en la Sala TAC del Trasnocho Cultural de Caracas, es una buena ocasión para conocer o reencontrarse con esta obra, lo cual es aún más apreciable cuando reparamos en que hasta el momento no existe una edición facsimilar que salve del olvido final esta singular experiencia editorial.

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El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.