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Espacios vivientes

Humberto Jaimes Sánchez. Mineral negro, 1959

El 14 de febrero de 1960 se presentó en el Concejo Municipal de Maracaibo la exposición “Espacios vivientes”, la cual inauguró el informalismo en Venezuela. Como un modo de conocer la trascendencia de esa muestra reproducimos las palabras de Juan Calzadilla (firmadas bajo el pseudónimo de Esteban Muro), publicadas por la revista Visual, del Museo de Bellas Artes, en el número 10 de mayo de 1960.

La advertencia de las posibilidades de volver a una imagen del mundo, a través de una estética que compromete nuevamente al hombre y que mira hacia la gran tradición de la pintura, sin acogerse por otra parte a ninguna solución ya superada, fue lo que hizo nacer en los organizadores de “Espacios vivientes” una fe ilimitada en las teorías informalistas. 
Se habla de una teoría informal porque en realidad no existe pintura informalista como tal; el término informalista, a nuestro entender, designa un estado de conciencia del arte actual. Estado de conciencia por cuanto esta situación no nace determinada por el desarrollo artístico, sino por circunstancias cósmicas que reflejan la crisis de la civilización contemporánea. Es un hecho que esta búsqueda afanosa del artista en la expresión inmediata no es otra que la desesperada tentativa del hombre por profundizar en los dominios de su libertad.
Los organizadores de “Espacios vivientes” partieron de la creencia de que existe en Venezuela un movimiento que puede relacionarse con el informalismo; lo integran aquí pintores en quienes la urgencia de expresar el tiempo se da junto con la necesidad de crear nuevos procedimientos susceptibles de fijarlo. Comprenden que hay más peligro de retroceso en la norma que en el riesgo. 
Ellos también van contra el estilo. Saben que el espíritu está dentro de la materia y que no existe dualismo entre concepto e imagen cuando la pintura se funde con el medio que la expresa para ser entonces solamente pintura. Por eso surgió la idea del salón y se llevó a cabo sin discriminaciones de nombres, sin pensar en su grado de coherencia ni en su calidad, sobre la base de dar preferencia únicamente a artistas que sentían necesidad de decir algo nuevo.

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El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.