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Sociedades polarizadas y gestión cultural


Diego Barboza
Expresiones de una calle de Londres, 1970. Mercantil

Lo primero será entender que las sociedades no se polarizan por si solas. Con casi absoluta seguridad hay hechos y procesos históricos que construyen y refuerzan posiciones encontradas. Sin embargo, las naciones en un interés civilista y hegemónico se dan a la tarea de construir un discurso que tiende a valorar las diferencias y a buscar el consenso social. En la medida en que los ciudadanos se reconozcan en el reflejo que devuelve ese relato colectivo será viable hablar de una relativa salud democrática.

Alguien crea y alimenta el discurso polarizador. Y mientras esto ocurre queda en evidencia la ausencia del interés cívico y nacional de quienes movidos por la acumulación de poder solo se afanan en instrumentalizar políticamente el rencor y la venganza. Cualquier pretendido esfuerzo en favor de la justicia social se revela como un disfraz cuando el resultado de su invocación no se resuelve en una sociedad más justa sino en individuos que como títeres son manipulados por un sentimiento de minusvalía y por cicatrices que al poder no le conviene cerrar.

A través de la polarización el poder busca controlar la realidad. La manera que tiene para lograrlo es generar una idea reducida del mundo hasta convertirlo en una aislada región cuyos límites concluyen en una cotidianidad de infranqueable monotonía. Por eso el poder cambia y parcializa el nombre de la nación, trastorna su estatuto simbólico, fomenta el partido único y el imaginario unipersonal del líder, descalifica al disidente y se previene de cualquier pensamiento crítico. En este guión alienante, reducir el sentido de la realidad conduce finalmente a la instauración gubernamental de la frustración y por consiguiente a la paulatina conversión del deseo en una perenne resignación.

En el pasado –pensemos en los regímenes totalitarios–, el ciudadano mínimamente alertado por su libertad de conciencia, tenía como opción bajar la cabeza, emprender el exilio o acometer el suicidio. El dominio total de la realidad por parte del poder hizo imposible en la mayoría de los casos el ejercicio de otras opciones de resistencia cultural, porque esta, para subsistir, necesitaba de un reconocimiento mínimo de la diferencia. Hoy en día también existen restricciones de este tipo en muchas sociedades gobernadas por dictaduras y en otras todavía se mantiene un cierto decoro a la hora de arremeter contra las voces disidentes. Ese decoro se alimenta principalmente del juego de la polarización.

Cuando el afán por el control es tal o cuando el sustento económico de los delirios históricos se acaba, los gobiernos acuden al comodín del bloqueo, de la guerra económica o de un muro en la frontera como instrumento para armar el juego de la polarización que los preserve en el poder. El bloqueo, la guerra económica, el muro en la frontera o la aversión hacia el musulmán es el hito que el demagogo necesita para dividir una nación entre “unos” y “otros”, y es también lo que permite el aislamiento necesario para modificar el valor del tiempo social y degradar la calidad del tiempo personal.

Un sistema de gobierno que quiera instalarse de manera totalitaria en el poder tendrá que ir en contra de la vida cotidiana y del escenario urbano necesario para su desarrollo. Esto ayuda a entender el auge manipulado de la inseguridad, de las limitaciones en los servicios básicos de salud y de infraestructura, de la escasez y de la inflación sin control. Todas son herramientas para minimizar la posibilidad del sosiego y lo trivial. Son también una manera mordaz de explicar cómo lo extraordinario puede llegar a hacerse cotidiano.

Una gestión cultural en sociedades como estas tendría que partir de la comprensión de lo que nos separa como ciudadanos. Esa distancia de desencuentro es la que debería alumbrar el ámbito global de la acción simbólica y es desde el reconocimiento de esa amplitud que los relatos del poder pueden ser relativizados. En la práctica esto implica resistir a la descalificación y a la sátira como primera opción de respuesta. Implica buscar en cada postura los puntos de vista válidos. Implica el ejercicio de la tolerancia. Como ha dicho recientemente el escritor Barrera Tyszka: "lo único que salva a los países es su propia complejidad". Parte de esa complejidad consiste en reconocer como problema la pluralidad que nos define y en fomentar prácticas culturales que apunten a trabajar desde la diferencia, desde la distancia entre las partes para desde allí llenar ese aparente vacío con un imaginario alternativo de lo cotidiano.

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