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Artistas valencianos en Venezuela

Vicente Chasán Tamarit y sus muñecos de Sopotocientos

En su libro Un arte valenciano en América. Exiliados y emigrados, Francisco Agramunt Lacruz da cuenta de algunos artistas de la Comunidad Valenciana que se asentaron en Venezuela en algún momento del siglo XX. Según el orden cronológico que establece el autor, la nómina de estos artistas incluye a Arturo Moreno Salvador (1909), Manuel Llobregat Redón (1928), Federico Villanueva Bartual (1930), Ángeles Ballester (sin datos), Vicente Chasán Tamarit (sin datos), Francisco Gisbert Torregrosa (1942) y Carlos Sosa (sin datos).

Son nombres poco conocidos en la historia del arte en Venezuela, aunque probablemente hayan alcanzado cierta fama durante el tiempo que que vivieron en el país sudamericano. El nombre de Vicente Chasán Tamarit resulta de interés porque fue el artífice de los muñecos de un popular programa infantil llamado Sopotocientos. Y aquí es inevitable establecer una relación entre la tradición fallera de Valencia y los muñecos de aquel programa infantil, lo cual le valió al Chasán Tamarit su participación en la creación del conocido Museo de los Niños de Caracas.

Figura de relevancia es Arturo Moreno Salvador, quien llega a Venezuela a finales del 40 para dirigir una revista infantil promovida por el Ministerio de Educación de Venezuela. Efectivamente ese empeño existía por parte el intelectual Mariano Picón Salas y el promotor Rafael Rivero Oramas, quien había fundado Onza,Tigre y León previamente y luego crearía la célebre revista Tricolor. Moreno Salvador no pudo concretar el proyecto por el cual se había trasladado a América y pasó entonces a trabajar en la empresa Bolívar Films. Los antecedentes de Moreno Salvador destacaban por su incursión en la realización de películas de dibujos animados, siendo un precursor en España en esta materia.

El resto de los nombres no tiene mayor repercusión. Habrá que estar a la expectativa de ver obras de estos artistas para medir mejor el impacto del paso de estos creadores por Venezuela, a los que se podría agregar el nombre de la ceramista Loyda Molina, nacida en Valencia en 1922, quien llegó a Venezuela en 1948 y cuya obra se impregnó de un carácter que hizo al escritor José Balza definirla como una cerámica-juguete.


Francisco Agramunt Lacruz (1992). Un arte valenciano en América. Exiliado y emigrados. Valencia: Consell Valencià de Cultura. Generalitat Valenciana.

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El arte precolombino de Venezuela

Estoy viendo imágenes de figuras de alfarería del prehispánico de Venezuela, y después de repasar sus cualidades técnicas y las coordenadas geográficas y cronológicas que el arqueólogo minuciosamente les asignó, me entretengo pensando en los cientos, miles de años que han transcurrido desde que fueron realizadas, en las horas remotas en que un hombre, una mujer, conjuró en un poco de arcilla un alivio para los temores de la selva y las dudas de la noche infinita.

¿Existió alguna vez una cerámica venezolana?

En agosto de 1963, en ocasión de una exposición de cerámica que itineraba por Washington, su auspiciador, Hans Neumann, llamaba la atención sobre el título escogido para aquella muestra: Venezuelan Pottery. Lo curioso era que entre las obras exhibidas no se apreciaba una posible conexión que tributara la tradición alfarera de nuestros antepasados, y en cuanto a los artistas, algunos de ellos no habían nacido en el país. Neumann achacaba estos aspectos al hecho de que la trayectoria de nuestra cerámica, en especial la que era fruto de una expresión individual, era relativamente corta pues se había iniciado apenas a principios de la década del cuarenta del siglo XX.

Las casas de Bárbaro Rivas

La obra de Bárbaro Rivas (1893-1967) es una mezcla de géneros. En ella, los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se juntan para crear una confluencia de memoria y devoción en la que es posible notar una referencia casi constante a la casa. Se trata de una presencia recurrente que participa de diverso modo en el propósito de sus cuadros. A veces, la casa surge como el telón de fondo del retrato del pintor o como su amparo. Ella es el color; él es la figura en matices de blanco y negro. El artista se nos muestra de frente; la morada, en cambio, se nos da casi toda en los planos imposibles que se extienden por la latitud del cartón.