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Apuntes sobre el periodismo cultural

Alejandro Otero. En Los Teques, 1964
Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires

Hacer una definición de periodismo cultural que responda a las exigencias del mundo actual no parece una tarea sencilla. Lo que los medios de comunicación entienden por “cultura” es algo que ha evolucionado desde aquellos tiempos en que aparecieron en los diarios las primeras crónicas literarias hasta las numerosas oportunidades que ofrece ahora la comunicación digital. Ciertamente, el concepto de cultura es bastante complejo y tal vez a ello se deba la dificultad que tiene este tipo de periodismo para delimitar su verdadero campo de acción.

Con frecuencia aparecen medios y profesionales que asumen tareas que parece no les corresponden o que descartan funciones que sí son decisivas para brindar información relevante y pertinente sobre el acontecer simbólico en una sociedad. Mi interés en este tema proviene porque encuentro en el periodismo una valiosa oportunidad para acercar la experiencia cultural a más personas, saltando las barreras de falsa erudición que a veces se interponen entre el hecho artístico y el ciudadano común. Pero para esto es necesario que el periodista tenga conciencia de cuál es el espacio que determina el conocimiento de su oficio, y que no se pierda en otros territorios para los cuales no está formado o necesita una especialización conveniente.

También es cierto que las condiciones del ejercicio profesional se comprometen por el afán de la inmediatez y la atomización de una casi inabarcable agenda cultural. A esto se suma la pulsión contemporánea por la mensurabilidad de la información digital que hace que ahora un texto se valore más por el número de clics, la estrategia del marketing de contenidos y el gobierno del algoritmo. En todo caso, estas consideraciones provienen de mi doble experiencia como profesional en el sector de las artes visuales y como lector habitual de las secciones de cultura de los medios. Con ese origen no podrían interpretarse con ningún ánimo prescriptivo sino como bocetos incompletos para futuras reflexiones sobre el tema.

La educación del público

Cuando se habla de la relación con las audiencias se suele decir que la misión del periodismo cultural es ocuparse de la educación y que incluso es responsable de la formación de nuevos públicos. El periodismo cultural desempeña ciertamente un papel importante en la educación de los públicos pero no sería esta su área de competencia. Tales funciones corresponden a los departamentos de educación de los museos y otras instituciones similares que cuentan con profesionales capaces de fomentar una interacción pedagógica entre las obras y los usuarios.

Aunque la audiencia del medio de comunicación y del museo pueden coincidir, las maneras de abordarlas tendrían que ser diferentes. En el caso del periodismo el propósito es informativo. En el del museo hay una finalidad de educar y crear nuevos públicos a partir de una oferta cultural que a veces incluso se coordina con los programas oficiales de enseñanza, y en cuya elaboración el periodista no participa.

La distribución y el consumo del arte

También se adjudica al periodismo cultural la función de tener que hacer el seguimiento de lo que concierne a la distribución y el consumo del arte. Ciertamente, el medio de comunicación debe contar con un mapa o agenda que describa cómo se organiza y distribuye la oferta cultural, pero su misión no sería analizar estos procesos que competen antes al estudioso de la cultura. El periodismo cultural debería atender a las cualidades noticiosas, “críticas”, de este proceso de reflexión, pero no le corresponde asumir el perfil sociológico de tales investigaciones. El problema parece ser que el periodista tiende a considerar el sistema del arte desde la concepción de la obra en el taller hasta su incorporación en el mercado o el museo, cuando en realidad su tarea debería centrarse en su relevancia noticiosa.

No debería el periodismo cultural atender a la vida de la obra en el taller, el cual es un trabajo del historiador. No tendría tampoco que prestar atención excesiva a la recepción de la obra en el ámbito del museo, la galería o la bienal porque esta labor corresponde al crítico de arte. Tampoco debería otorgar demasiado protagonismo a su introducción en el mercado, ya que el mercado, aunque sigue siendo tal vez el más “noticioso” no es el único escenario público de participación de la obra.

Estas pequeñas pero significativas desviaciones revelan muchas veces un periodismo que se desconoce en su propio accionar y que se ve necesitado de indicadores como precios, récords de subasta y otros pequeños escándalos que parecen más pertinentes para las galerías comerciales y compañías aseguradoras.

El lenguaje

Por ser el lenguaje un componente fundamental de la cultura se tiende a confundirlo con la parte esencial del periodismo cultural. La naturaleza del periodismo cultural no sería el lenguaje sino el hecho noticioso. El lenguaje es la herramienta que propicia la claridad informativa a la cual se debe el periodista.

La escritura sobre lo cultural tiene que ser informativa y sustentada en hechos, y debe ser crítica como consecuencia de una curiosidad que estimule el cuestionamiento y las ganas de querer saber más. El periodista cultural ha de ser consciente del uso de la palabra porque es un comunicador que utiliza el lenguaje, pero no por un supuesto papel como crítico que no le compete por ser la crítica un juicio de valor sobre lo artístico que escapa a lo periodístico.

De tal modo que el texto del periodista cultural se convierte en un espacio de conocimiento donde confluyen los diversos actores del sistema social del arte, pero cuyos roles no pueden ser asumidos por el profesional de la comunicación.

Hacia un modus operandi del periodismo cultural

El periodista cultural debe revelar o resaltar la cultura como un proceso, pero no puede pretender desenmascarar las coartadas de una obra. Esto le compete al curador o al historiador de arte. El periodista cultural no tiene el tiempo y a veces tampoco las herramientas teóricas para acometer tal labor.

Si se miran los tres niveles del signo según Charles Morris (semantico, sintactico, performático), el periodismo cultural debería ubicarse estratégicamente en este este último, que es el corresponde a la esfera social donde se desenvuelve su oficio.

El cultural como todo periodismo especializado es un periodismo de investigación de distintos niveles, desde el más básico en el cual se concentra en desarrollar una agenda de lo noticioso cultural hasta otros formatos como la entrevista o el reportaje que profundizan en aspectos relevantes del sistema del arte.

La información en el periodismo cultural debería ser abierta, propicia a la comunicabilidad y elaborada por un profesional o conocedor de la estructura noticiosa de lo social y de las implicaciones éticas de lo que difunde.

Una manera de valorar la eficacia del contenido que se produce en el periodismo cultural sería la posibilidad de su posterior desarrollo por otras secciones del medio informativo. En este sentido, el periodismo cultural no se “encierra” en la parcela de su fuente, sino que modela los contenidos que produce para conseguir su mejor circulación colectiva.

Con todo esto he querido hacer un ejercicio de retornar a un hipotético espacio arcádico que media entre el periodista y la noticia. Entre el medio y lo que la gente quiere saber, bien explicado, buscando honrar siempre a la inteligencia, desmontando incluso las trampas del argot y el aparataje del saber, esos que terminarán por hacer que el lector pase la página, a veces confundido, otras indiferente.

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More Followers: Carla Fuentes y su mirada al mundo de las redes sociales

Un trabajo más personal de la ilustradora Carla Fuentes (Valencia, 1986) forma parte de la muestra “Ocultas e ilustradas” que se presenta en Centre Cultural La Nau de la Universitat de València.

Se trata de la obra More Followers, una pintura de gran formato cuyo tema emana del mundo de las redes sociales, influencers y especies afines.

Un punto de vista descendente, una chica en el sofá en actitud relajada, con una laptop a un lado y un móvil en el otro. Por el suelo, restos de golosinas y lo que parece ser un catálogo de cosmética.

Todo esto en el esquema de líneas oblicuas y marcados contornos que definen los espacios y figuras creados por Fuentes; y donde esta chica, desde su estatismo y con mirada deformada solo nos pide una cosa: más seguidores.

Puedes ver más del trabajo de Carla Fuentes en su sitio web y en su cuenta de instagram.

Cubismo y realidad

Para  Braque y  Picasso, el cubismo expresaba lo real de una manera más convincente e inteligente que otras formas de realismo en pintura. Una de esas otras formas, tal vez la de mayor impacto, se basa en el empleo de la perspectiva única, un recurso que se proponía producir la ilusión de un espacio tridimensional en la superficie plana de la obra y con ello dar cuenta del mundo circundante.

Anna-Eva Bergman y la memoria de lo sentido

La pintura de la artista noruega Anna-Eva Bergman (Estocolmo, 1909-Grasse, Francia, 1987) es de una abstracción hecha a partir de la memoria.

La magnitud de sus obras, los tonos de sus colores y la disposición de las formas geométricas que emplea son constantes llamados a las claves de un paisaje familiar.


Sin embargo, el lenguaje abstracto que maneja con peculiar sensibilidad le permite traspasar las fronteras de lo visible recordado y adentrarse en una suerte de memoria de aquello que no se ve pero que se ha sentido.

A favor de esa dimensión de lo invisible acuden las grandes masas de colores sobrios y la inestabilidad luminosa de las hojas de plata y dorado con que rememora la energía contenida de un paisaje nórdico.


Al final su obra nos conduce a una poética del lugar cuyo destino sería el de un plano cósmico y universal de lo mirado. Y esta es una vía de gran valor para también llegar al ideal absoluto que persiguió siempre la abstracción geométrica.